Silencio

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Silencio.  Cuando esperas la vida y te encuentras con todo lo contrario.

Silencio. Un paritorio oscuro, mudo, sin el familiar sonido del corazón del bebé. Porque ya no late.

La parte más amarga del trabajo más bonito del mundo se lleva mejor en este respetuoso silencio, sólo interrumpido por preguntas en susurros. “¿Tienes una mantita suya que quieras ponerle?” “¿Conoces grupos de apoyo?”

La madre está guapísima con sus contracciones. Pero no consigue desconectar. Su dolor espiritual supera con creces el físico.

Los padres quieren verla.

Cuando V. nace, la reciben con mucho amor, la abrazan llorando, la inspeccionan, la besan, dicen “qué bonita es”… y lo es…

V. pasó brevemente por esta dimensión, pero se lleva a domde sea muchísimo amor.

Gracias a N. y a E. por abrirme su corazón y hacerme partícipe de su amor a V.

Más info: http://www.umamanita.es

 

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La cima

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Sueño mucho. Dormida y despierta.

Bueno, quizás no sueñe más que el resto de la gente, pero puede que sí los recuerde y los haga realidad más.

Esta noche he soñado que estaba ante una pared de piedra junto con un montón de gente. Todo el mundo quería escalar, saber lo que había en la cima, contemplar las vistas. Todo el mundo quería, pero nadie lo hacía.

De repente, yo tenía mi arnés, mis mosquetones, mis ochos, mis cuerdas y hasta mi magnesio, y comencé a escalar la pared yo sola, asegurándome a mí misma.

La gente, cada vez más pequeña, me animaba desde abajo: “¡vamos, tú puedes!”. Pero nadie se puso un arnés para asegurarme, para ayudarme. Todos me (ad)miraban pero nadie hacía nada. Mi caída o mi supervivencia dependían solo de mí misma.

Entonces, sudando, llegué a la cima. Y mi sensación fue muy parecida a la que tengo después de un orgasmo. Y lo que vi, también se parecía mucho a una imagen repetitiva que tengo es ese momento. La cima, el silencio, un valle verde abajo, el viento silbando en mis oídos y acariciándome la cara, y yo con los brazos abiertos, recibiéndolo todo.

Esa soy yo: sueño, escalo, conquisto mis cimas. Da igual ir sola, da igual que me cueste: no puedo conformarme con mirar desde abajo.

Porque ningún viento me acaricia la cara como cuando estoy ahí arriba.

De tormentas, mareas y partos

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Madre e hija viendo la tormenta eléctrica de esta noche:

-Mira, el próximo rayo va a caer por ahí (y va y cae). Y ahora va a haber dos rayos grandes seguidos por ahí (y ahí están).

-¿Cómo lo has sabido mamá?

-Porque llevo un rato aquí mirando y cuando una observa durante un tiempo un fenómeno natural como es una tormenta aprende a intuir el ritmo al que respira. Pasa igual con los partos. Cuando llevas un rato acompañando a una mujer de parto, intuyes cuándo va a venir la siguiente contracción, y si va a ser más débil o más fuerte.

-Ah, pasa igual que con la marea, con la serie de olas. Pequeña, pequeña, pequeña, graaannndeee, pequeña, pequeña, pequeña, graaannndeeee.

-Sí, eso es. Aprendes el ritmo de la marea, y a intuirlo, a moverte con ella. Mira, ahora va a haber otro rayo por ahí.

-Oh, mamá, esta vez te equivocaste.

-Sí, eso es parte de los fenómenos naturales como la tormenta o el parto. Admitir que te puede sorprender. Dejar que te sorprenda. Y nunca menospreciar esa capacidad de sorprenderte, de que ocurra lo inesperado, lo maravilloso. Lo maravilloso de sentirte pequeña ante algo tan grande.

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Gracias a Iván por la foto, y al cielo por regalarle su fuego.

Naoli Vinaver, o la sabiduría de la partería tradicional

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Este verano, junto con dos de mis queridas amigas matroníferas, Haridian y Nuria,  tuve la oportunidad de asistir al Curso de Partería tradicional que Naoli Vinaver impartió este verano en España.
La verdad es que es impresionante ya de por sí tan solo la presencia de esta mujer, su mirada magnética, su biorritmo, su seguridad y su experiencia: 30 años en los que ha atendido alrededor de 1.500 partos, además de haber dado a luz en su casa a sus tres hijos. Su último parto, colgado en internet, fue editado y traducido a más de 12 idiomas, convirtiéndose casi en un vídeo viral. Puedes verlo en este enlace.
Naoli nos invita a aprender cómo puede ser un parto si no lo forzamos.
Ella bebe de fuentes de la partería tradicional mejicana, pero también está formada como matrona de forma oficial.
“Los partos son experiencias catalizadoras, transformadoras, transmutadoras”, nos dice, “cuando una mujer pare, además de parir a su bebé, pare también a toda la humanidad”.
Sus criterios para seleccionar a una mujer para atenderla en casa son bastante sencillos: que no sea fumadora, que tenga buenos niveles de hemoglobina, que su tensión arterial sean normal, tener la certeza de que come bien, y sobre todo, que tenga buena disposición, que tenga actitud para parir en casa.
“A veces el cuerpo pare, pero el alma se queda atrás y se desgarra; la partera debe encontrar la creatividad para poder desbloquearlo”, nos relata sabiamente.
Esta partera, que procede de una familia de artistas, comenzó su vida profesional como antropóloga y se especializó en danza, música y tradición oral africana, viajando a África para tal menester. Pero pronto después se decantó por la partería.
“Aunque siento que fui partera desde antes, desde siempre, pues desde que era niña me buscaban las perritas y las gatitas para parir, y tenían a sus cachorritos ahí mismo, a mis pies”.
Aún dedicándose a la partería, Naoli ha sabido recoger algo de la tradición artística familiar con su técnica de “Ultrasonido Natural”, en la que la experimentada partera dibuja sobre el vientre materno, ayudándose de las maniobras de Leopold, la posición del bebé dentro del útero. Asimismo, ha escrito e ilustrado un libro llamado “Nace un bebé, naturalmente”.
En su práctica, Naoli usa mucho el rebozo, tela tradicional mejicana multiusos, tejida de una manera especial, utilizada como portabebés entre otras cosas. Naoli lo incorpora tanto en el embarazo, como en el parto y en el posparto, usándolo para recolocar al bebé dentro del útero (incluso para girar a un bebé que viene de nalgas, como muestra en este vídeo), para desencajar una presentación asinclítica o posterior o para el ritual de posparto mejicano, la llamada “cerrada”.
Esta mujer sabia donde las haya, invita a reflexionar a los profesionales más resistentes al cambio con esta frase:
“¿Cómo vamos a ver las posibilidades que nos da la naturaleza si lo tratamos a todo bajo el mismo protocolo?”
Aunque aclara que “La partera no expande el protocolo sola, la mujer tiene que tener la determinación, y mostrarla”.
Con esta frase Naoli nos muestra una vez más que la partera y la mujer que pare son una, a la hora de parir, nuestro “yo animal” nos indica qué es lo que debemos hacer, pues lo sabe instintivamente.
Como comadrona, conocer a Naoli Vinaver te reconecta con la confianza en nuestras habilidades manuales e instintivas como asistentes de partos, existentes más allá (y antes) que la tecnología y con probada validez científica.

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No a la citotortura

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Estoy teniendo la suerte de rotar en primaria con unas matronas estupendas, de cada una de las cuales intento adoptar lo que más me gusta.
Cuando una va al médico, enfermero, matrona a “hacerse algo”, hay  un miedo a lo desconocido a ese “qué me harán”.
Cuando le explican con detalle lo que es ese “algo” y además, se le dice que vamos a hacerlo juntas y a su ritmo, ese miedo se disipa.
Cuando una mujer viene a hacerse una citología, muchas veces (demasiadas) viene con mucho miedo del recuerdo de la citología anterior, o con miedo a “ponerse así” pues es una posición que le recuerda a un parto traumático.
Hace unos días vino una mujer a la consulta a hacerse una citología. Detecté en su actitud y palabras bastante tensión con respecto a la técnica. Así que yo (copiando a estas matronas) le enseñé a la mujer dibujos sobre su cuello de útero, le hablé sobre por qué y cómo se hace la citología y le hice la historia de manera que ella pudiera ver también la pantalla, diciéndole que sólo iba a aparecer lo que ella quisiera y que si no quería responder a algo, podía hacerlo.
Llegado el momento de la citología, le di a la mujer un espejo, le enseñé el espéculo, el cepillo, la espátula (muchas veces la imaginación nos juega malas pasadas), le pedí que respirara, que yo iría lento, que pararía cuando ella quisiera, que eso lo hacíamos las 2 juntas. Se maravilló de ver su cuello de útero, le dije que era como una flor hermosa que había que cuidar, una flor que se abría para la menstruación, la recepción del semen de nuestro compañero, la salida de nuestro bebé…
Al acabar me dijo que le había gustado ver su cuello, que nunca lo había visto, y que le había gustado hacerse la citología conmigo: “Un detalle, decirme que pararías si yo te lo pedía, gracias, me he sentido muy a gusto”.
Yo me emocioné…
… Y me asusté de pensar cómo se hacen las citologías en este país, en el mundo, o al recordar cómo me han hecho a veces citologías a mí…
A veces (pocas), a pesar de hacer todo esto, me encuentro con un muro de miedos tan arraigados que la toma de la citología (al igual que puede pasar con un tacto vaginal durante el parto) es imposible sin forzar a la mujer y me parece ético, normal, humano, negarme a hacer algo que para mí es una violación. Entonces está la opción de darle a la mujer un espéculo, enseñarle a usarlo e invitarla a volver a la consulta cuando esté preparada para hacerse la citología.
Lo que podría ser una tortura se convierte, si no en un buen rato, en un rato agradable en el que la mujer se siente acompañada, escuchada, bien atendida, comprendida…
Ya hay muchas profesionales como las matronas con las que roto, o yo, que estamos cambiando las cosas. Al igual que hay muchas usuarias (y me parece genial y lógico) que se nieguen a recibir según qué tipo de atención tanto en el parto como en otras cosas como es la realización de una citología.
¿Tan difícil es cambiar las cosas? ¿Y tú, quieres ser parte de este cambio?
Gracias a las mujeres por regalarme, cada día, sus aspectos más íntimos.
cx

Foto tomada y usada con consentimiento

Soy madre antes que sanitaria

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Soy madre antes que sanitaria.

Quiero que esto quede bien claro. No quiero con ello decir “Fui madre antes que sanitaria”, sino exactamente lo que he escrito: “Soy madre antes que sanitaria.”

Y ni siquiera me considero “tan sanitaria”. Desde que comencé a estudiar enfermería me convertí para muchxs en una especie de “vademecum con patas”.

Y quiero que sepáis que soy yo, que sigo siendo la misma. Soy la misma Mely, la que ante todo vive, la que sale a la calle, la que se baña en el mar, la que sube montañas, la que prefiere unas buenas risas a una charla de catedrático, porque dejadme que os diga una cosa que alguna gente ignora… ¡La universidad NO es la vida!, y es más, en la mayoría de los casos… ¡La universidad NO SABE NADA de la vida! Y si sabe, sabe bastante poco, sabe lo que ya está desactualizado, lo pasado, lo que quedó reflejado en los libros, porque una cosa es cierta: se tarda más en recoger algo escrito en un libro que en vivirlo, tal cual.

Pero qué le voy a hacer, ahora que me veo en la “obligación”, debido a mi pasión por la partería, de verme incluida entre ellos, te diré que muchxs “sanitarios” arruinamos el instinto, lo aniquilamos, amparadxs bajo el poder de nuestra bata blanca y nuestro flamante título universitario. Nos podemos llegar a creer que sabemos más que, por ejemplo una madre.  Fijaos, saber más una madre, nada más y nada menos.

Dejadme que os cuente una anécdota personal, llegada este punto.

Cuando mi hija mayor tenía 4 meses una persona, de profesión sanitaria (cuyo nombre no voy a decir) le “diagnosticó” mal agarre. A mí no me dolía el pecho y la niña engordaba bien (y tan bien, quienes conocisteis a mi hija mayor de bebé sabéis que era una auténtica Buda). Pero dijo que la niña se agarraba mal al pecho. Que precisamente estaba tan gorda porque sólo tomaba la parte primera de la leche, la que sólo tenía azúcares y que no tomaba la parte final de la leche, los ácidos grasos de cadena larga, y eso era muy necesario para su cerebro… y que era muy necesario que yo corrigiera el agarre…

Creo que en ese momento, a los 4 meses de tener un parto maravilloso y una lactancia exitosa, en ese preciso momento, cayó sobre mí la “sombra del puerperio”. Imaginaos lo mal que se puede sentir una madre primeriza al oír eso, al pensar que está privando a su bebé de un alimento muy necesario (¿Se me iba a quedar tonta si no tomaba esa parte de mi leche? ¡Ay dios!). Imaginaos también mi periplo intentando corregir el agarre a una niña de 4 meses, algo que roza lo imposible. Que el agarre era deficitario, sí, que mi hiperproducción láctea y los rollitos de la niña se debían a eso, también, pero esa apreciación estuvo fuera de lugar en ese momento.

Yo era hasta entonces plenamente feliz. Cero dolor al dar el pecho, hija que engorda… Y esa frase me hundió en la preocupación… preocupación por pensar que estaría haciéndole mal a mi hija… Sólo una madre (y más siendo primeriza) entiende ese sentimiento.

Suerte que otra persona, cuyo nombre sí voy a decir, que no era sanitaria, que sí era madre, y que es Nohemí Hervada, me dijo esa mágica frase “Si no está roto, no lo toques”. Y todo cobró de repente sentido. Sentido común, el menos común de los sentidos. Me puse a la niña a la teta “tal y como cuadró” y seguí lactando felizmente como hasta antes del desafortunado comentario… Siguiendo mi instinto como había hecho…

Por eso les tengo tanto respeto a las madres, siento empatía y respeto por cada una de sus decisiones (no importa que no esté de acuerdo con ellas), porque tienen una sabiduría natural que no recogen los libros, ni los títulos universitarios, ni los doctorados.

Porque son los libros los que copian a la naturaleza, no al revés.

Y por eso diré siempre con la boca bien llena que lo que sé, lo sé más por ser madre que por ningún título universitario.

Porque soy y siempre seré madre antes que sanitaria.

 

mandala playa

Mis maestras

Intuición y estudio

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Acabo de terminar una de mis rotaciones en atención primaria en un barrio humilde con un alto índice de embarazos adolescentes y patología, y tengo de decir desde el fondo de mi corazón que agradezco enormemente a esas mujeres la enseñanza que me han dado.

Yo venía de otro centro donde las mujeres demandan tratamientos alternativos para las vaginosis bacterianas o para las cándidas en el embarazo por parecerles demasiado agresivo lo que la medicina alopática les ofrece, leen en su embarazo libros como “Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer”, alguna incluso había parido en casa, casi todas portean y muchas dan lactancia materna durante años.

Qué nivelazo, diréis. Y eso mismo pensé yo.

Como podéis imaginar, yo en este centro estaba en mi salsa.

Cuando de golpe y porrazo, ¡zas! aterrizo en este otro centro que me dice: Mely, bonita, bájate de ese nube, una matrona también es esto otro y nosotras también existimos, somos mujeres y también nos quedamos embarazadas. La mayoría fumamos durante el embarazo y alguna incluso consumimos otras drogas, quizás porque nuestra situación familiar, personal y social es demasiado dura como para no evadirse. En este barrio hay abuelas de 3o y pico porque ellas mismas se quedaron embarazadas con 15-16 y sus hijas también se han quedado embarazadas con 15-15. Y una matrona también ha de estar ahí. Y saber qué hacer, qué decir, cómo conectar.

Mi educación sanitaria pasó de ser: “no te tiñas el pelo con tintes con amoniaco, si usas tintes que sean vegetales y naturales, hidrátate con aceite de almendras dulces ecológico y manteca de karité, ¿conoces el floradix elixir?, ¿conoces los probióticos?”… a reducirse algunas veces a: “come por lo menos las 3 comidas principales, no te drogues”. Y poco más podía hacer yo.

Todo un aprendizaje: mirar a quien tengo delante y usar mi intuición y mi estudio para saber qué necesita, qué demanda, de qué carece, qué es lo que realmente ella quiere y va a hacer.

Ser comadrona es una mezcla de intuición y estudio. Ambos son considerados campos de conocimiento válidos (sobre esto os recomiendo leer este artículo que encontré en pubmed).

Antiguamente las parteras basaban su praxis en un estudio de transmisión oral, en un saber empírico heredado. Y estaban muy conectadas con su intuición.

Actualmente, estamos más que sobrepasadas de estudios racionales y teóricos y nos cuesta conectar con esa “intuición matronil”.

Es cierto que para ser matrona es necesario estudiar, aunque sea a través de la transmisión de la (cuasi perdida) partería tradicional, pero ser comadrona requiere de una intuición que ni todos los libros del mundo darían. Es un status, es una manera de ser, es una manera de conectar.

Con la pobre, con la rica, con la titulada, con la desempleada, con la sana, con la enferma, con la que se cuida, con la que se droga… Ser comadrona es currarse esa intuición y esa sensibilidad para saber llegar a las mujeres, sin importar cuál sea su condición. Y saber acompañarlas dándoles lo que necesitan, lo que tú puedas y lo que ellas acepten que les des.

Gracias a las mujeres de ese barrio que dieron ese toque de “espabílate” a mi intuición y me animaron a seguir estudiando. Soy comadrona gracias a las que paren en casa, a las vegetarianas, a las que comen ecológico, a las que usan pañales de tela, a las que dan la teta… Pero también gracias a ellas.puesta