Archivos Mensuales: septiembre 2016

No a la citotortura

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Estoy teniendo la suerte de rotar en primaria con unas matronas estupendas, de cada una de las cuales intento adoptar lo que más me gusta.
Cuando una va al médico, enfermero, matrona a “hacerse algo”, hay  un miedo a lo desconocido a ese “qué me harán”.
Cuando le explican con detalle lo que es ese “algo” y además, se le dice que vamos a hacerlo juntas y a su ritmo, ese miedo se disipa.
Cuando una mujer viene a hacerse una citología, muchas veces (demasiadas) viene con mucho miedo del recuerdo de la citología anterior, o con miedo a “ponerse así” pues es una posición que le recuerda a un parto traumático.
Hace unos días vino una mujer a la consulta a hacerse una citología. Detecté en su actitud y palabras bastante tensión con respecto a la técnica. Así que yo (copiando a estas matronas) le enseñé a la mujer dibujos sobre su cuello de útero, le hablé sobre por qué y cómo se hace la citología y le hice la historia de manera que ella pudiera ver también la pantalla, diciéndole que sólo iba a aparecer lo que ella quisiera y que si no quería responder a algo, podía hacerlo.
Llegado el momento de la citología, le di a la mujer un espejo, le enseñé el espéculo, el cepillo, la espátula (muchas veces la imaginación nos juega malas pasadas), le pedí que respirara, que yo iría lento, que pararía cuando ella quisiera, que eso lo hacíamos las 2 juntas. Se maravilló de ver su cuello de útero, le dije que era como una flor hermosa que había que cuidar, una flor que se abría para la menstruación, la recepción del semen de nuestro compañero, la salida de nuestro bebé…
Al acabar me dijo que le había gustado ver su cuello, que nunca lo había visto, y que le había gustado hacerse la citología conmigo: “Un detalle, decirme que pararías si yo te lo pedía, gracias, me he sentido muy a gusto”.
Yo me emocioné…
… Y me asusté de pensar cómo se hacen las citologías en este país, en el mundo, o al recordar cómo me han hecho a veces citologías a mí…
A veces (pocas), a pesar de hacer todo esto, me encuentro con un muro de miedos tan arraigados que la toma de la citología (al igual que puede pasar con un tacto vaginal durante el parto) es imposible sin forzar a la mujer y me parece ético, normal, humano, negarme a hacer algo que para mí es una violación. Entonces está la opción de darle a la mujer un espéculo, enseñarle a usarlo e invitarla a volver a la consulta cuando esté preparada para hacerse la citología.
Lo que podría ser una tortura se convierte, si no en un buen rato, en un rato agradable en el que la mujer se siente acompañada, escuchada, bien atendida, comprendida…
Ya hay muchas profesionales como las matronas con las que roto, o yo, que estamos cambiando las cosas. Al igual que hay muchas usuarias (y me parece genial y lógico) que se nieguen a recibir según qué tipo de atención tanto en el parto como en otras cosas como es la realización de una citología.
¿Tan difícil es cambiar las cosas? ¿Y tú, quieres ser parte de este cambio?
Gracias a las mujeres por regalarme, cada día, sus aspectos más íntimos.
cx

Foto tomada y usada con consentimiento

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Soy madre antes que sanitaria

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Soy madre antes que sanitaria.

Quiero que esto quede bien claro. No quiero con ello decir “Fui madre antes que sanitaria”, sino exactamente lo que he escrito: “Soy madre antes que sanitaria.”

Y ni siquiera me considero “tan sanitaria”. Desde que comencé a estudiar enfermería me convertí para muchxs en una especie de “vademecum con patas”.

Y quiero que sepáis que soy yo, que sigo siendo la misma. Soy la misma Mely, la que ante todo vive, la que sale a la calle, la que se baña en el mar, la que sube montañas, la que prefiere unas buenas risas a una charla de catedrático, porque dejadme que os diga una cosa que alguna gente ignora… ¡La universidad NO es la vida!, y es más, en la mayoría de los casos… ¡La universidad NO SABE NADA de la vida! Y si sabe, sabe bastante poco, sabe lo que ya está desactualizado, lo pasado, lo que quedó reflejado en los libros, porque una cosa es cierta: se tarda más en recoger algo escrito en un libro que en vivirlo, tal cual.

Pero qué le voy a hacer, ahora que me veo en la “obligación”, debido a mi pasión por la partería, de verme incluida entre ellos, te diré que muchxs “sanitarios” arruinamos el instinto, lo aniquilamos, amparadxs bajo el poder de nuestra bata blanca y nuestro flamante título universitario. Nos podemos llegar a creer que sabemos más que, por ejemplo una madre.  Fijaos, saber más una madre, nada más y nada menos.

Dejadme que os cuente una anécdota personal, llegada este punto.

Cuando mi hija mayor tenía 4 meses una persona, de profesión sanitaria (cuyo nombre no voy a decir) le “diagnosticó” mal agarre. A mí no me dolía el pecho y la niña engordaba bien (y tan bien, quienes conocisteis a mi hija mayor de bebé sabéis que era una auténtica Buda). Pero dijo que la niña se agarraba mal al pecho. Que precisamente estaba tan gorda porque sólo tomaba la parte primera de la leche, la que sólo tenía azúcares y que no tomaba la parte final de la leche, los ácidos grasos de cadena larga, y eso era muy necesario para su cerebro… y que era muy necesario que yo corrigiera el agarre…

Creo que en ese momento, a los 4 meses de tener un parto maravilloso y una lactancia exitosa, en ese preciso momento, cayó sobre mí la “sombra del puerperio”. Imaginaos lo mal que se puede sentir una madre primeriza al oír eso, al pensar que está privando a su bebé de un alimento muy necesario (¿Se me iba a quedar tonta si no tomaba esa parte de mi leche? ¡Ay dios!). Imaginaos también mi periplo intentando corregir el agarre a una niña de 4 meses, algo que roza lo imposible. Que el agarre era deficitario, sí, que mi hiperproducción láctea y los rollitos de la niña se debían a eso, también, pero esa apreciación estuvo fuera de lugar en ese momento.

Yo era hasta entonces plenamente feliz. Cero dolor al dar el pecho, hija que engorda… Y esa frase me hundió en la preocupación… preocupación por pensar que estaría haciéndole mal a mi hija… Sólo una madre (y más siendo primeriza) entiende ese sentimiento.

Suerte que otra persona, cuyo nombre sí voy a decir, que no era sanitaria, que sí era madre, y que es Nohemí Hervada, me dijo esa mágica frase “Si no está roto, no lo toques”. Y todo cobró de repente sentido. Sentido común, el menos común de los sentidos. Me puse a la niña a la teta “tal y como cuadró” y seguí lactando felizmente como hasta antes del desafortunado comentario… Siguiendo mi instinto como había hecho…

Por eso les tengo tanto respeto a las madres, siento empatía y respeto por cada una de sus decisiones (no importa que no esté de acuerdo con ellas), porque tienen una sabiduría natural que no recogen los libros, ni los títulos universitarios, ni los doctorados.

Porque son los libros los que copian a la naturaleza, no al revés.

Y por eso diré siempre con la boca bien llena que lo que sé, lo sé más por ser madre que por ningún título universitario.

Porque soy y siempre seré madre antes que sanitaria.

 

mandala playa

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