Archivos Mensuales: diciembre 2013

El cuento de la lechera (o cómo castrar los sueños)

Estándar

El cuento de la lechera ha sido un clásico en mi infancia. Te conminaba a estar en el aquí y ahora, a no construir castillos en el aire, a tener los pies en la tierra.

Una vez más yo ahora me pregunto qué fue antes, si el huevo o la gallina. Es decir, ¿tengo que ser realista y no soñar con lo que no puedo tener? o ¿no puedo tener más cosas porque tengo que ser realista y no me permito soñar?

Este cuento me parece una manera de castrar los sueños de generaciones a través de la tradición oral.

“La lechera ordeñó un cantarito de leche de su vaquita. Se fue a venderla al pueblo, y mientras caminaba, pensaba:

-Con lo que gane vendiendo esta leche me compraré unos pollitos. Los pollitos se convertirán en gallinas que pondrán huevos y volveré a venderlos en el mercado. También podría vender algún pollo como carne. Con ese dinero me podría comprar otra vaca. Y esa vaca tendría becerros, y podré vender carne de vaca y más leche. Y con todo ese dinero quizás con el tiempo compraré una casita y….

¡Oh! El sueño de la lechera quedó interrumpido cuando tropezó con una piedra, se cayó al suelo y el cántaro se quedó hecho pedzos, con toda la leche desparramada a su alrededor…”

Este cuento es el que quieren que nos creamos. Las personas, bien ataditas y conformes en el sistema. No vaya a ser que emprendan algo que les haga crecer o prosperar a costa de sus esfuerzos y no de lo que les decimos que hagan. Porque así no hay quien se lleve pellizco…

Hace casi 5 años, empezó a fraguarse dentro de mí un sueño: ser comadrona.

Primero me hablaron de lo difícil que era estudiar con hijas. Y yo no tuve miedo de hacerlo. Luego de lo dificilísimo que era entrar en enfermería.  Y entré. Después, una vez dentro, empezaron las leyendas negras sobre tal o cual asignatura que no aprobaba “ni Cristo” a la primera. Y yo las aprobé todas a la primera. Más tarde, de lo duro de estudiar el EIR. Y en ello estoy. Ahora, de lo “casi imposible” de aprobarlo a la primera, de lo utópico de coger una plaza de matrona. Y sigo creyendo en mi sueño.

Que digo yo que imposible es lo que no se intenta. Que lo difícil con trabajo e ilusión lo es menos. Y que las pocas plazas que haya, para alguien tienen que ser. Incluso para alguien sin padrino ni amigos ni enchufe, como yo, para alguien así también. Algunas al menos. ¿Y si soy yo?

El cuento de la lechera nos enseña la lección de mirar el camino que pisamos. Eso es importante, no lo niego. Pero nos reprime nuestra capacidad de soñar con lo que queremos.

Y si finalmente me pego “el batacazo” con mi cántaro encima, al menos me he permitido soñar y he tenido el dulce momento de ese sueño real por un instante en mis pensamientos. Si no me lo permito, ni siquiera tengo eso.

Y si me caigo, ya me volveré a levantar. Y a por otra. Las veces que haga falta. Que con propósito claro y amor, todo cuesta menos. Gracias a quienes confiáis en mí por vuestro apoyo.

Tamadaba

Ser doula, para mí, hoy.

Estándar

Un buen rato de escucha activa.

Una puerta abierta al desahogo.

Una buena infusión de canela, pimienta y otros condimentos, bien cargada.

Unos meneítos de caderas con rebozo.

Una “marcha de la oca”.

Otro par de meneos a cuatro patas y en mahometana.

Un dejar abrir la boca.

Una dosis de humor para subir oxitocina y bajar adrenalina.

Un abrazo energético.

Unas presiones en unos cuantos puntitos estratégicos.

Unos masajitos en las lumbares.

Una invitación a evadirse de los problemas cotidianos.

Un abrazo energético.

Un pequeño susurro al oído.

Y ya casi está aquí, PVDC de algo más de 4 kg.

Gracias a P. y M. por regalarme esta Navidad, una vez más, la luz de la llegada de una nueva vida.

Amo lo que hago.

Esto es ser doula para mí hoy.

Acompañar que suceda, protegiendo el entorno del milagro, hasta que es demasiado fuerte para dar marcha atrás.

Imagen

 

 

 

Las alas

Estándar

Hay personas que notamos de forma más tangible la presión del sistema sobre nosotras, por el hecho de tener alas.

Entendedme, yo pienso que todas las personas nacemos con alas. Pero algunas las utilizan más, y las tienen más grandes y desarrolladas; a otras de no usarlas se les han quedado atrofiadas, como las de un pajarito enjaulado; y otras, es que ni siquiera saben que las tienen (pero nunca es tarde para descubrirlas).

Es bueno que las personas con alas estemos dentro del sistema, aunque éste nos oprima a nosotras mismas, pues nuestros aleteos dan soplos de aire fresco a las cenizas energías que suelen moverse por allí.

Muchas veces sentimos el agobio de su rigidez y tenemos ganas de huir para poder volar libres, que es a lo que estamos acostumbradas, pero entonces suele pasar que nos cruzamos por algún oscuro pasillo de universidad, hospital, u otra institución con otra persona que también tiene alas. Una sola mirada nos basta para reconocernos, sonreímos de soslayo y ambas pensamos “Ah… esta es otra con alas…” y su luz nos ayuda a seguir en el día a día.

Es fácil irse, lo difícil es quedarse.

Simplemente piensa que no hay sitio lo suficientemente pequeño como para no poder desplegar tus alas.

Y si realmente, te cercioras de que lo es; tú, persona con alas, haz lo que mejor sabes hacer: vuela.

sirena báltico