Archivos Mensuales: octubre 2012

Una topo en la gran sede

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Como algun@s sabéis, por circunstancias de la vida, fui invitada a dar una ponencia sobre el papel de los grupos de apoyo en la lactancia, en representación del grupo Mamás que Miman.

Pues bien, allí estaba yo, en las III Jornadas de Promoción de la Lactancia Materna, en el Hospital del SAS de Jerez y rodeada de eminencias con batas blancas…

Un poco impresionada sí que estaba, ya que, el segundo día sólo fuimos como personal no sanitario yo y otra mamá del Grupo Regazo de Jerez…

…Pero el primer día, la única “topo” fui yo…

Y bueno, hay que decir, que, aunque much@s conocéis mi experiencia escénica, cuando me subí al estrado y vi 94 batas blancas (ese era el número de asistentes) mirándome y sobre todo ESCUCHANDO LO QUE UNA “SIMPLE MAMÁ” TENÍA QUE DECIRLES… pues bueno, pues que me emocioné… pero me recompuse y se me quitó pronto el temblor de piernas, y empecé a hablar, primero vacilante y luego cogiendo carrerilla y… no paré… Es verdad que se me quedaron cosas en el tintero, pero dije bastantes cositas muy muy claritas, con respeto pero sin pelos en la lengua, y he aquí algunas de mis conclusiones…
COSAS QUE ME GUSTARON:
– La concienciación general sobre la importancia de la lactancia materna, y el camino largo que les queda por hacer.
– El reconocimiento de que siguen tirando demasiado de biberón, demasiadísimo. Les cuesta cambiar el chip, dejar atrás el fantasma de la supuesta probable hipoglucemia y sentarse con la mujer a poner al bebé al pecho.
– Las ponencias de la mayoría de profesionales, en especial las intervenciones estelares de:
  • La pediatra Victoria Ramos: “En estudios cientîficos ha quedado demostrado que tomar biberón gasta más calorías, produce más distréss respiratorio y cursa con más gasto cardiaco q tomar pecho. El bebé se ve obligado a tragar lo que cae del biberón. Con el pecho, el bebé estimula con su propia succión la deglución, y lo hace a su ritmo, no a uno externo. Por eso, a la hora de alimentar prematuros que puedan deglutir, sean del peso que sea, lo primero y más importante, sobre todo para ellos, ponerlos al pecho.”
  • El tocólogo Pedro Sánchez (mira que empecé a escucharlo con el escepticismo de ser medio ginesaurio: nada más lejos de la realidad): “La lactancia materna es necesaria para el bebé, la madre y la sociedad. Es nuestra responsabilidad favorecer el parto fisiológico y evitar cesáreas y partos intervenidos porque facilitan mucho menos la lactancia” (¡¡¡por fin un gine que se da cuenta!!!

– Que en el hospital de Jerez favorezcan el piel con piel, que prácticamente todos los bebés salgan de paritorio mamando y que… ¡¡¡apoyen el colecho en el mismo hospi!!!!

COSAS QUE NO ME GUSTARON:

– Cómo se siguen tirando la pelota, de un servicio a otro en su papel como responsables de la promoción de la lactancia materna: “Es que en neonatos les decimos a las mujeres que se vayan a dormir porque están cansadas”, “Es que en planta no tenemos tiempo de sentarnos con una mujer porque estamos muy ocupadas con la medicación” (que digo yo, que qué medicación necesitan una  madre con un parto fisiológico y un bebé sano).

– Que acudieron l@s interesad@s, como siempre. Los pediatrasaurios, las matronasaurias, los ginesaurios y las enfermasaurias, por supuesto, no estaban. Pero me encantó ver (jeje) bastante residente escuchando mi ponencia con la mandíbula descolgada y los ojos como platos en las fotos de lactancia durante el embarazo y en tándem… que eran de servidora, claro…

– La manera en la que se sigue infantilizando, ninguneando e inutilizando a las madres. “Es que no se enteran”, “Es que están como atontadas”, “Es que no se acuerdan de nada de la educación maternal”, mostrando una clara falta de respeto a ese momento único, delicado, precioso, que es el puerperio inmediato de una mujer.

– Que no se da la suficiente importancia a lo que hay “detrás de la teta”. La teta es la punta del iceberg, es la salida del geíser, pero debajo está el iceberg en sí o la mayor corriente magmática del mundo, empezando por un parto no deseado y acabando, por ejemplo en el propio parto o en como una misma fue concebida, y aún se puede ahondar más…

MIS ACIERTOS, Y LO QUE ME DI CUENTA QUE FUNCIONÓ:

-Hablar con rigor científico. A veces les da igual lo que les cuentes sobre lo maravilloso de la lactancia, el parto fisiológico o los aspectos emocionales del apego. Pero háblales con un puñado de evidencia científica y revisiones bibliográficas en tus manos y los callarás a tod@s.

-No tener miedo a decir la verdad, lo que pasa, pero con respeto. “Nosotras desde los grupos de apoyo, damos unas pautas basadas en la evidencia, nos informamos, pero luego en Atención Primaria, echan a perder nuestro trabajo pediatras nada actualizados, lo siento, pero es así. Eso debe acabar”, fueron algunas de mis palabras. “Me gustaría pensar”- también dije- que si una mujer acudiera en este hospital a urgencias para que le ayudárais a colocar al bebé correctamente al pecho, no le diríais que está saturando el sistema y la mandaríais a casa con un biberón, sino que os sentaríais con ella a observar y valorar esa toma”. Y el remate: “Somos un equipo. Contad con nosotras porque estadísiticamente las madres que damos pecho somos las de mejor nivel cultural, por lo tanto os aseguráis que estamos bien informadas. Pero nosotras contamos con vosotros… si tenéis una continua y adecuada actualización en lactancia materna”. ¡He dicho!

REVOLUCIÓN UTERINA: Parirás con Poder (ÚteroPower mode ON)

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NOTA PREVIA: Las historias aquí relatadas son ficticias (o no), están hilvanadas, en parte con datos inventados y en parte pienso que son retazos que quedaron en mi memoria, con los relatos que muchas mujeres han tenido la generosidad de compartir conmigo. Pero en ningún momento ha sido esa mi pretensión, sino simplemente ilustrar con unos ejemplos en principio falsos, este artículo. No me responsabilizo, por ello, de su veracidad. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia… o no… Las expresiones puestas en boca de personal sanitario sí que he intentado que sean lo más fiables posibles a la realidad, para que nadie me tache de exagerada o alarmista. Cualquiera de ellas podría haber sido mi historia, o la de cualquier mujer. He intentado con ellas hermanarme algo más con todas las mujeres, hayan tenido el parto que hayan tenido, por opción o por imposición.

A. es primeriza, tiene 31 años y una salud excelente. Su embarazo ha sido planificado y esperado, tiene pareja estable y una familia que le quiere y que espera ansiosa a su nieta. Cuando tiene 14 semanas le diagnostican diabetes gestacional (el cribado en su comunidad autónoma se hace pronto), es derivada al endocrino y éste le suelta una charla sobre lo peligroso que es sobrecargar el páncreas de su bebé y la posibilidad de que tenga un bebé de más de 4 kilos. A. se asusta y, acatando fielmente las instrucciones médicas, se pasa medio embarazo pesando hidratos, controlando ingestas y yéndose a caminar después de cada comida. A. se extraña, ya que apenas ha cogido peso en el embarazo y en su familia no hay antecedentes de diabetes ni de bebés grandes. Cuando llega a las 32 semanas, en un control ecográfico, el ginecólogo le alarma diciéndole que su bebé es pequeño y que tiene que aumentar la ingesta y reposar tras las comidas. A. está hecha un lío, no entiende nada, ha perdido toda su confianza en su cuerpo y su útero, su diafragma está tenso y su respiración, se acelera cada vez que piensa en la salud de su bebé. A. va a parir al hospital y aunque todo parece comenzar bien, no termina de dilatar del todo y se lleva el “paquete regalo” de oxitocina, epidural, Kristeller y fórceps. Su bebé pesa 3,100 kg. A. sólo puede agradecer a la medicina que su bebé esté sano y finalmente con ella; el estado de su periné (que le cuesta más de 1 año de relaciones dolorosas) o de su mermada autoestima le da igual. Por fin están juntos y lo puede abrazar.

S. tiene 43 años cuando logra su primer embarazo. A pesar de tener un embarazo de riesgo, y ser considerada como una embarazada “añosa”, lleva su embarazo con alegría, ignorando las miradas algo desconfiadas que le dirigen cada vez que va a un control y manifiesta su deseo de tener un parto natural. Llega el día del parto y al llegar al hospital S. cierra los ojos y se mete en su planeta parto. Respira para conectarse con su bebé. Tiene suerte de dar con un matrón que no la molesta con preguntas porque conoce las estrategias de parto no intervencionista y porque tiene actualizados los conocimientos. Tiene suerte… S. logra un parto vaginal, satisfactorio, un inicio de lactancia precoz, no la separan de su bebé y sigue con la lactancia más allá de los dos años. Ahora sonríe al pensar en quienes se reían cuando ella hablaba de parto natural y lactancia a los 43 años… “Añosa”, ella…

M. está embarazada de su tercer hijo. En su primer embarazo, el ginecólogo le dijo que nada más entrar por la puerta, ya había visto que era de caderas estrechas. M., apabullada por el poder de la bata blanca, crea su propia profecía autocumplida y acaba con una cesárea programada. Cuando mira a ese bebé acostado en la cuna metálica, no lo siente como hijo suyo, intenta lactar pero le duele horrores y piensa que no tiene suficiente leche. Tira la toalla y le da el biberón a su niño. M. cae en una depresión postparto que nadie entiende, ya que su bebé está sano y ella también, y además todo el mundo dice que es precioso. M. es una mujer fuerte y se recupera como sabe y puede. Al cabo de un año, M. lee, se informa, busca en internet y se da cuenta de todo lo que le ha pasado, y las razones de ello. M. se vuelve a quedar embarazada, pero esta vez todo será diferente. Tiene un embarazo relativamente sano, con algunas molestias, pero cada vez que va a un control y escucha la palabra “cesárea” en su historial obstétrico, se le hace un nudo en la garganta. El día que se pone de parto el pánico se apodera de ella… ¿podrá parir? Hubiera querido esperarse más en casa, pero el miedo gana y se planta en el hospital. Aunque cree que está bastante dilatada, la matrona que la reconoce le dice: “Huyyy qué va, qué va hija, sí sólo tienes un centímetro… Te queda mucho, pero que mucho… ¿Y ya te estás quejando? Anda, qué vas a dejar para después…”. M. se derrumba. Como ha roto bolsa, tras 12 horas de parto y dilatar “sólo” 4 cm, le avisan del supuesto riesgo de rotura uterina por cesárea anterior. Así que le ofrecen una nueva cesárea y ella acepta, pero M. pone sus condiciones: piel con piel, lactancia en quirófano si la niña está bien, no separación… La ginecóloga y el pediatra que la atienden están sensibilizadas y aceptan, y a pesar de la cesárea todo sale como M. quiere… todo… menos la cesárea, claro está. Pero consigue disfrutar bastante de la lactancia. M. no quiere más embarazos, se queda con esa espinita clavada, pero se resigna. Pero un día, un par de años más tarde, M. se queda embarazada “por sorpresa”. Tras el shock y el pánico inicial ante una nueva cesárea, convence con mucho esfuerzo a su marido, y sin decirle nada al resto de su familia, planea su parto en casa, o al menos la dilatación. Nueve meses más tarde, M. tiene en casa su PVD2C… Aún no se lo cree… Pero ha sucedido…

Historias para no dormir… o para soñar… La cuestión es que, las historias de embarazo y parto de muchas mujeres son historias de poder… poder arrebatado, en algunos casos.

No pretendo menospreciar a las mujeres que hayan tenido una cesárea, un parto medicalizado o un parto de cualquier tipo. Este blog no va de eso. Ese no es mi caballo de batalla. Cualquier mujer, cualquier madre, me suele despertar empatía, y ganas de escucharla y de compartir su sabiduría.

De lo que hablo es de recuperar el poder que nos ha sido robado por el patriarcado. Y digo patriarcado, no digo hombres, ya que en este sistema, todos somos víctimas, nosotras como supuestas productoras alienadas de guerreros descerebrados, y vosotros como los supuestos guerreros/obreros en sí.

El poder asusta. La conciencia asusta. A veces, hasta la información asusta. Una mujer de parto lleva en sus caderas toda la fuerza de millones de años de vida. Algo de sabiduría y memoria celular debe haber ahí, digo yo. Algo más que no se quite de un plumazo con un par de cientos de años de parto intervenido. Si una se conecta consigo misma, puede sentir el torrente de poder dentro de su cuerpo. Y no hablo ya de parir sólo, hablo también de gozar con tus relaciones, de disfrutar de tu cuerpo… Eso si una consigue conectarse con ese poder, claro está. Si encuentra el apoyo necesario. Si no le es vetado todo el rato. Si no la reprimen. Si no la convencen de lo contrario. Y si ella quiere tomar posesión de ese poder, por supuesto. Ello conlleva un dominio interno de cada momento de tu vida sexual, parto incluido. Ello conlleva responsabilidad… Pero con el placer de tener tu propio control, tu propio poder sobre ti misma y tus actos.

Es difícil, claro está. Es una labor casi titánica. Llevan siglos convenciéndonos de lo contrario.

Pero algo está cambiando. Es la Revolución Uterina. La mayor revolución jamás gestada, valga la redundancia, y la vamos a parir nosotras mismas.

Hace poco supe que la frase bíblica “Parirás con dolor” estaba mal traducida. La traducción más aproximada parece ser “Parirás con esfuerzo”. En ese momento todo me encajó.

Esfuerzo es Fuerza. Fuerza es Poder. Y eso, no conviene que se sepa.

Una mujer embarazada, al igual que una mujer de parto, debería ser tratada como una diosa. Una diosa puesto que porta la vida. Si ya hemos conseguido la parte más difícil, que es quedarnos embarazadas… ¿qué no seremos capaces de conseguir ahora? Debería ser venerada, mimada, cuidada, apoyada… Pero, ¿es así?

Por suerte la Revolución Uterina está en ciernes. Oigo su rumor en cada historia de parto empoderado que me cuentan (que, por cierto, cada vez son más). Y esta vez no nos va a salvar ningún príncipe azul. Nos salvaremos nosotras mismas, recuperando lo que es más genuinamente nuestro: nuestro útero, nuestro cuerpo, nuestro parto.

Y nadie puede detener el poder de la vida cuando se abre camino entre nuestras piernas.

Una mujer, una diosa