Archivos Mensuales: agosto 2012

Patear y portear

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A todas esas personas que me (nos) recuerdan en familia, por la calle, etc… lo incómodas que deben ser esas “telas”, lo mucho que nos pesan nuestr@s hij@s, lo difícil que es ponérselas (“¿eso lleva muchos nudos no?”), les comento desde aquí que la primera imagen que yo tuve cuando estaba embarazada y se me pasó por la cabeza adquirir un carro, fue la de una mujer que vi una vez en la playa empujando trabajosamente el carrito a través de la arena…. Eso sí que es incómodo… Pero, a veces, como dije en otro post, soy demasiado “educada”, “sumisa” o “buena” (según el prisma desde el que se vea) para contestar en persona y en el momento.

Por eso  me desahogo aquí en mi blog, donde, de paso, también puedo echar mano de más evidencia científica que la que pueda recordar en ese momento.

Pero hoy no, hoy no voy a hablar de evidencia científica, sino de sentido común (el menos común de los sentidos), que brilla por su ausencia como por ejemplo, en el caso de intentar irte de pateo por el campo con un carrito (lo he visto, es verídico)… A esa persona yo no fui a incordiarle diciéndole que si no le parecía muy incómodo llevar ese carrito campo a través (al contrario de lo que me hacen), además, era evidente que lo estaba pasando mal. Su mirada al verme con la niña en el fular ya fue un poema… Y yo no voy de machacadora por la vida…

Un poco difícil para un carro, ¿no?

Una razón más para usar los portabebés es seguir disfrutando de esta sana y bella afición que es patear, hacer senderismo, pasear por la naturaleza… en fin, trotar con tu cachorro por algo más irregular que una acera o un asfalto.

Hace poco tuvimos la suerte de visitar un parque nacional precioso y mucha gente alucinó cuando le contábamos los pateos que nos pegábamos con las niñas, una de las cuales no camina y la otra que tiene la resistencia normal de una niña de 3 años.

Nuestros aliados en este caso fueron dos fulares de 3,20 y 4,70 metros, ambos de sarga cruzada.

¿Y las mochilas? Preguntarán por ahí, refiriéndose a las mochilas de montañero, no a las mochilas portabebés. Pues bien, es posible llevar una sola mochila para cuatro personas, incluso llevando una de ellas pañales y otra siendo muy muy muyyyy susceptible de enfangarse. La cuestión es optimizar, priorizar y no recargar. En los 3 días de pateo perfeccionamos una mochila para l@s cuatro que incluía litro y medio de agua.

¿Posibilidades de combinación encontradas por estos “sherpas” aficionados durante estos días?

-Un@ con la mochila a la espalda  y la mayor en los hombros, otr@ con la peque a la espalda.

– Un@ con la mochila a la espalda, otr@ con la peque a la espalda y la mayor lo que aguantara de mano en mano, contando piedrecitas o hablándole a las flores.

– Un@ con la mochila a la espalda y la peque delante, otr@ con la mayor a la espalda.

– Un@ con la peque a la espalda y la mochila delante, otr@ con la mayor a la espalda.

– Un@ con la mochila a la espalda, otr@ con la peque a la espalda y la mayor en brazos a ratitos cortos…

Papá canguro y cachorra menor en una de las opciones “sherpa”

Por no hablar de que estuvimos comodísimos subiendo y bajando monte, caminando cerca de riscos y teniendo a nuestras hijas seguras y cerquita.

He aquí otra ventaja más de portear, poder seguir disfrutando de lo que te gusta, en familia, sin renunciar a tus aficiones, sin renunciar a la compañía de tus hij@s.

Y es que los portabebés son los auténticos “todoterreno” de la crianza.

Ocio sano en familia, gracias a los portabebés

La hora de comer… o no…

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Son las 10 y Dafne e Indira ya no aguantan más en la cama. Nos levantamos y vamos al salón.

-¿Qué quieres desayunar Dafne?

-Hummm tortitas de maíz y zumo de piña.

Se toma media tortita y medio vaso de zumo. Algun@s pensarán que qué porquería de desayuno para una niña de 3 años, que debería obligarla a comer más, pero yo estoy tranquila, confío en mi hija. Mejor dicho, confío en mis hijas, ya que a Indira le acerco la tortita y sacude enérgicamente la cabeza en un no más que claro, rotundo. También confío en ella y en el seguro que más de un litro de leche que se ha jalado por la noche en sus tomas nocturnas de teta. Y recién levantada, hizo otra toma, así que más segura aún me siento de que no hay que obligarla a comer nada que no quiera comer.

Dafne me pide la tele, se la pongo. Aprovecho para hacer mi gimnasia hipopresiva, mi poquito de yoga y mis estiramientos matutinos. Yo estoy en ayunas, pero a nadie se le ocurriría obligarme a comer nada, ¿verdad? Mientras hago la gimnasia, Indira se acerca y pega unos cuantos chupetones de teta.

Termino, me pongo a desayunar y apago la tele porque hemos consensuado de forma familiar que por la mañana sólo se ven 30-45 minutos de tele. Siento a Indira en la trona y le pongo unos cuantos trozos de pan y de jamón, ahora sí que le apetecen. Al rato me pide por señas un poco de leche de arroz y se la doy. Cuando Dafne me ve sacando comida, me dice.

-Tengo hambre, mamá.

-Ah, ¿y qué te apetece?

-¡Pasta!

Miro en la nevera y veo que quedaron macarrones del almuerzo de ayer.  En 3 minutos, están calientes. Al fin y al cabo, son hidratos, igual que el pan que yo estoy a punto de comerme, ¿por qué debo obligarle a comer lo mismo que yo? A mí nadie me obligaría… ¿verdad?

Acaba el platito de 10 -12 (suficientes para mí) macarrones (“¡Riquísimos mamá!”) y se acerca a mi silla.

-¿Qué estás comiendo?

– Pan con aceite, ¿quieres?

– Bueno.

Se pega un par de bocados y se va al cuarto de juguetes a seguir jugando.

Indira también se acerca y se come otro par de bocados de pan. Se toma un poco de teta y se duerme su mini siesta matutina.

Me pongo a recoger la casa y a cocer los garbanzos que puse en remojo ayer y a las 12 más o menos viene a mi lado Dafne.

– Mamá, quiero un caramelo.

– No, Dafne, tú sabes que las chuches se comen después del almuerzo y no todos los días, acuérdate que hicimos un trato. ¿Quieres uvitas?

– Vale, sí, uvitas.

Indira se despierta y bajamos a la playa y me llevo un poco de sandía, higos y agua.

Aparece una amiga con su hijo con galletas y frutos secos. Entre los tres niñ@s se comen todo lo que hemos traído, pero no sabemos exactamente quién comió qué y en qué cantidad. La verdad, nos da igual, porque confiamos en nuestr@s hij@s, y en la capacidad de satisfacer sus propias necesidades, en la medida en la que lo demanden. Indira además se toma un par de tomas cortitas de teta.

Llegamos a casa tras disfrutar de unos baños, cerca de las 15 horas. Algun@s pensarán  que soy una madre irresponsable, que menudas horas para comer para unas niñas de 1 y 3 años, pero yo estoy tranquila. Además, Indira se ha quedado dormida en el fular y por supuesto, no la voy a despertar para comer. La acuesto y saco ensalada de garbanzos  que tengo hecha de esta mañana. Dafne come un plato que algun@s considerarían minúsculo e insuficiente, pero que yo considero bastante, como de unas 6-8 cucharadas soperas. Se lo acaba.

– ¿Puedo comerme el caramelo?

– Hummm… ¿y no prefieres un yogur de soja con chocolate?

– No, una gelatina de fresa mejor.

– De acuerdo.

Nos ponemos a ver un documental de animales y nos quedamos dormidas en el sofá.

A las 17 horas más o menos se despierta Indira, que estaba durmiendo en la cama. Le pongo un plato de ensalada de garbanzos aún más “minúsculo” que el de Dafne, como 3-4 cucharadas soperas. Se come parte con las manos, parte con el tenedor  (está aprendiendo a usarlo) y otra parte es restregada por su cara, por la trona, lanzada al suelo… De postre, teta.

A las 18 horas más o menos se despierta Dafne.

-Tengo hambre, mamá.

– ¿Qué te pongo?

– Mmmm… ¡un huevo frito!

Repaso en mi memoria: no ha comido huevo frito en una semana, al menos. No me cuesta más que un par de minutos hacérselo. ¿Por qué habría de negárselo? Se lo come con muchas ganas. La hermana llega gateando y Dafne le da un par de trozos de clara. Yo estoy sentada en frente tomándome un té con galletas. Dafne me pide una galleta. – — Cuando acabes el huevo, recuerda que has sido tú quien me lo ha pedido.

– Vaaaleee mamáaaa.

Tras acabarse el huevo, se come la galleta y yo acabo mi té y bajamos de nuevo a la playa… ¡Qué rico se está ahora, con el sol tan suave y la playita tan tranquila! Le mando un mensaje a papá (que está a punto de llegar del trabajo) y al cabo del rato llega con su toalla. Nos bañamos varias veces y las niñas se ponen hasta arriba de arena. Aprovechamos el día porque estamos súper a gusto y llegamos al anochecer, cerca de las 21 h. Mientras papá baña a las niñas yo le pregunto a Dafne que qué quiere cenar.

– ¡Fideítos!

Como suelo guardar caldo congelado en cacharros pequeños, no me cuesta nada hacérselos. Salen del baño y mientras se acaban de hacer los fideos, saco queso fresco y vamos picando toda la familia. Dafne se come un buen cuenco de fideos muy espeso, Indira un cuenco mediano pero igual de espeso. Dafne tiene más hambre, así que le ofrezco unas salchichas y se come una y media, la otra media se la come Indira. Después siguen comiendo paté con piquitos que estoy picoteando yo. La verdad es que noto que tienen ahora mismo un hambre bastante voraz, así que dejo que coman lo que quieran, ¿por qué iba a negárselo? Nadie me lo negaría a mí, ¿verdad? Ni me diría que me iba a sentar mal, como les dicen a veces a much@s niñ@s. Por supuesto, no se comen toda la lata de paté, tras 4 o 5 piquitos (Indira menos) ya están hartas, pero ni su padre ni yo las hemos presionado para que coman, ni para que dejen de comer.

Son las 22 horas e Indira se frota los ojos. Dejo a Dafne jugando con papá y me llevo a Indira a la cama, que cae rendida (teta en boca) en pocos minutos. Voy a por Dafne, lavado de dientes, pis (le acabamos de quitar el pañal de noche) y dosis desmedida de abrazos, cuentos, canciones y tocar la tetita (estamos en proceso de destete y hemos consensuado compensarla con ese placer).

Son las 22:30 y las niñas se acaban de dormir… Algun@s pensarán que somos padres irresponsables porque unas niñas tan pequeñas se vayan tan tarde a la cama (hay días que se van más tarde), pero nos da igual. Estamos de vacaciones, es verano y disfrutamos las unas de las otras, sin estrés. Cuando llegue septiembre, ya nos adaptaremos de nuevo.

Repaso mentalmente lo que hemos hecho y lo que han comido hoy mis hijas y… la verdad es que me parece muchísimo… Han comido alimentos de todos los grupos, no se han alimentado a base de chuches ni porquerías y no ha habido peleas, castigos ni perretas por causa de la comida… Por otro lado… ¿Quién dice que por la mañana hay que comer pan, que hay que almorzar a las 14 horas, que tras la siesta no se puede comer un huevo frito, que hay que vigilar lo que comen en la cena…? ¿Qué estudios científicos lo respaldan? Y sobre todo… ¿por qué, siguiendo con el adultocentrismo imperante, imponemos a l@s niñ@s costumbres alimenticias sociales o culturales, que en otro lado del mundo pueden ser distintas e incluso absurdas? Como me decía una amiga hace años, cuando mi hija menor empezó con la alimentación complementaria, l@s adul@ts nos regimos por necesidades externas, por la hora, por convenciones sociales… l@s niñ@s sin embargo aún no están contamimad@s por todo eso y se mueven por pulsiones y necesidades internas y genuinas… Sólo tenemos que confiar en ell@s.

Así funcionamos en mi familia, negociamos, consensuamos y escuchamos las necesidades auténticas del otr@… Os aseguro que, al menos para nosotr@s, la vida es más fluida, más flexible, más fácil y tod@s nos sentimos más repetad@s… Y un reloj, no pinta nada en todo esto… Sí, muy fácil, dirán algun@s, pero eso es en vacaciones y sin trabajar… Pues llevamos ya más de 3 años a este ritmo y cuando llega el trabajo, el cole o los horarios externos, volvemos a consensuar y reorganizar todo… Y tan felices, mientras todo siga siendo aderezado con la escucha y el respeto mutuo.

Siguiendo el reloj interno a la hora de nutrirse

La parte de arriba del bikini infantil y otras tonterías

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No deja de escandalizarme la constante presión a la que los medios, el sistema, las estrategias de mercado… nos someten en función a nuestra imagen, y esto se realiza con especial ensañamiento en el caso de las mujeres. Y además, con total desfachatez.

En mi familia hay predominio de  niñas, y mi cuñada, mi hermana y yo a veces comentamos cosas sobre ellas, en persona o por Facebook. Y una de las cosas sobre la que dialogamos hace poco es la inutilidad y estupidez de la parte de arriba de los bikinis infantiles. Ya no hablo de bikinis para niñas de 7-8 años, sino de bikinis para niñas de 1 año, de meses, que pretenden endosarnos con la parte de arriba, sí o sí. Mi lectura de esta estrategia mercantil es : “Niña, esconde eso desde ya pues es algo vergonzoso. Señora, no deje que a su hija se le vean los pechos”… Lo cual aporta un significado añadido a un atributo sexual que… ¿aún no está ahí? Sigo la continuidad de mi discurso en un artículo anterior .

Parece que a las tetas, pechos, senos… se les debe otorgar un significado lascivo y lujurioso lo antes posible (llámese niña de 1 año) para que nos despistemos de su función primordial, manipulando una vez más la imagen femenina, desde la más tierna infancia.

Por supuesto, el bombardeo no queda en partes de arriba de bikini para tetas que aún no están ahi, sino que también se extiende a algo más que un chaparrón mediático, más bien un diluvio universal: tacones para niñas (mensaje: “nunca serás lo suficientemente alta para ser una top model y te impedimos correr, no vaya a ser que te vuelvas demasiado libre”, tangas para niñas (mensaje: “no mire esto como si fuera un inocente culo de bebé/ niña, lo vamos a convertir en algo lujurioso”), los ya antiguos bolsos para niñas (mensaje: “que no, niña que  no corras, no eres una criatura libre, eres una muñequita manipulable”…

Objetivo: alienar a las personas (en este caso a la mujer) de lo que es más legítimente suyo, su cuerpo, para apropiarnos de paso de su mente y voluntad. Hagámoslas sentir inútiles, inválidas a todas luces y haremos con ellas lo que queramos, tomando decisiones en su lugar en momentos cruciales e importantes de su vida, léase adolescencia, menstruación, parto o menopuasia.

Mi conclusión: yo digo ¡NO! Antes ni pasaba por comprarle una Barbie a mis hijas (al menos por motus propio), pero es que ahora me niego a dotar a sus pechos de un significado precoz que aún no tienen y cuya función principal es otra que provocar, me niego a dar una visión lasiva de sus infantiles culos y me niego a meterles en la cabeza que son demasiado bajitas y necesitan alzas para llegar al nivel que les requiere la sociedad.

Conmigo han dado en hueso: no pienso gastar ni un céntimo en tonterías innecesarias que perpetúen prototipos esclavizantes. Espero con ello contribuir a dejarles a mis hijas la herencia de una manera más digna, contestataria y auténtica de ser mujer.

Parir y surfear

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Hace tiempo que quería escribir sobre la relación entre estos dos conceptos, que pueden parecer en principio tan dispares. Fue a raíz de mi segundo parto.

Me explico, para quienes no me conocen: yo suelo tener imágenes en momentos intensos de mi vida que a veces me dan una clave para solventar con mayor rapidez o facilidad  la situación  a la que me enfrente. Y en este segundo parto, durante una contracción, tuve una imagen, la de un surfero surcando una ola, aprovechando su fuerza, no yendo en contra de ella (algo también parecido a la filosofía de las artes marciales). Y se me ocurrió que parir podía ser algo  parecido a surfear.

Algún tiempo después, le comenté esta imagen a mi pareja, y la idea de escribir este artículo. Él también vio la similitud. Es curioso porque yo nunca he surfeado ni él nunca ha parido (obvio), pero sí que ha sido testigo de los partos de nuestras dos hijas y ha leído varios libros y artículos de Michel Odent e Ina May Gaskins.

Desde mi experiencia de madre de dos hijas no surfista (pero pareja de un surfero) se me ocurre hacer la siguiente comparación:

Parir es como surfear. Si vas en contra de la ola, ésta te derriba o te escupe a la orilla, y tienes que volver a hacer todo el trabajo de nadar hasta la siguiente ola, quedando cada vez más agotada. Pero si aprovechas la fuerza de la ola, y vas a su favor, ésta te eleva en su cresta y puedes surfearla de pie hasta que la ola se acaba y entonces te queda una especie de calma exhausta pero satisfecha que te da fuerzas para subirte a la siguiente ola.

Pero es que parir es aún mucho mejor, porque es como si cada ola fuera más grande, más alta, más fuerte, y la última ola fuera como una gran y fastuosa ola con un tremendo tubo que puedes acariciar con la mano, en una especie de clímax de placer. Ya solo queda dejarte arrastrar hasta la arena y sonreír sintiendo el sol sobre tu cara. Ya solo queda relajar tu cuerpo y sonreír sintiendo el calor de esos pequeñísimos labios en tu pecho.

Y hay algo más… No me imagino surfear sin olas, ¿habéis ido alguna vez a esas piscinas de olas artificiales? ¿A que no son lo mismo? Como tampoco me imagino surfear drogada… corro el riesgo de ahogarme y no me enteraría del placer de disfrutar del tubo de la última ola.

No, lo mío es el surfing tal cual: meterme en el agua el día que realmente haya olas (nada de inducciones ni piscinas artificiales) estando serena, a solas con mis propias oxitocinas y endorfinas, que ya son más que suficientes.

Creo que me voy a comprar una tabla… ya os cuento…