Archivos Mensuales: marzo 2016

La mujer del espejo

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Eh, eh, sshh, shhh, tú; sí, tú, la mujer del espejo, la que lleva años mirándome, pretendiéndome, queriéndome y queriendo que me enamore de ti.

Hoy me he pintado los labios de rojo para seducirte al fin.

Te miro y recuerdo a trompicones los detalles de este affaire intermitente que dura, como quien dice, toda la vida.

A veces te veo más guapa que otras. A veces me has gustado mucho, otras veces no, incluso has llegado a no gustarme nada. Incluso he llegado a odiarte. Porque a veces, no hay mayor maltratadora que una misma.

Pero por fin me he decidido a quererte. Amar cada una de tus perfecciones, cada una de tus curvas. Esas curvas con las que luché tanto.

En la adolescencia, me parecías demasiado tetona. Lo que en princio me pareció un defecto, me ayudó a tomar confianza en ese cuerpo que veía, a establecer un diálogo sensual con él, a que me gustara, aunque no tenía ni idea de lo que esas tetas iban a significar para mí veinte años después, fuente de nutrición y de amor a borbotones.

En la veintena, me parecías demasiado bajita y demasiado llena de granos. Te puse botas de plataforma y te tapé la cara con potingues y con greñas teñidas de colores.

Y siempre me pareciste gorda. Gorda y bajita sin remedio.

No, entonces no te quería.

Aunque, he de reconocer, sin falsa modestia, que me perdía mirando tus ojos. Admiraba tus ojos. Siempre hubo en ellos un brillo especial, ese brillo de quien se sabe hacedora y conseguidora de todo lo que se propone.

Mi otro refugio era tu cerebro. Sabía que eras lista. Esa fue en todo momento tu gran baza, qué importaba tu aspecto, si tenías inteligencia. El mito de la fea lista y la guapa tonta. Así que mejor que no seas guapa. Te querría por lo lista.

Aún así, seguía poniendo resistencia a mi enamoramiento hacia ti.

Me empeñaba en encontrar el amor entre los brazos de los hombres

O imaginando las criaturas que amaría, que yo misma sacaría directamente del útero a mis brazos.

Pero para amar a cualquier otra persona, antes tenía que amarte a ti, a la mujer del espejo, esa mujer que soy yo y que escondí, disfracé, ignoré y hasta odié.

El egocentrismo actual imperante no es más que un engaño, un escondrijo para nuestra miseria, en el que enterrar lo poco o nada que nos queremos a nosotr@s mism@s. Es un ego que se queda en la superficie y cuando escarbamos un poco, encontramos a un ser que se autocompadece, que no se ama. Paradójicamente, se trata de un egocentrismo sin amor propio.

Teniendo dos hijas, intento planear cómo propiciar que la primera persona de la que se enamoren sea esa niña en el espejo que ven.

Y mientras escribo este post e ideo cómo transmitirles el mensaje, mi hija menor me habla:

-Mamá, ¿por qué te has pintado los labios de rojo?

-Porque sí, porque me apetecía.

-¿Vas a ir a algún sitio especial? ¿Has quedado con tus amigas?

-No, me voy quedar aquí, en este sitio especial, conmigo misma.

Su reflexión me saca de mi eterno monólogo interior, de este escrito. E inevitablemente, vuelvo a mirar a la mujer del espejo. Con sus cuarenta años de ley de la gravedad encima. Con sus dos embarazos encima. Con sus oscilaciones de peso pasadas. Con sus cinco años de lactancia, con sus diez años de deportes de impacto en el cuerpo. Sus no sé cuantos años de no quererse. Y decido que la voy a querer. Que me voy a querer sin reservas.

Que me quiero desde hace tiempo ya.

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labios rojos

Un director de teatro me dijo una vez que, a lo largo de los años, nuestra cara se convierte en la máscara de aquello que somos, de aquello que hemos vivido y que nos ha hecho.

Miro al espejo y veo una mujer cambiante como la luna, creciendo, llena, menguando y siempre nueva cada ciclo.

Mujer serpiente, mudando la piel a cada rato, cada vez que haga falta. Mujer crisálida, siempre en metamorfosis.

Miro “mi máscara” y veo a una mujer capaz de con-seguir todo lo que se proponga.

Ahora que me doy cuenta, estoy enamorada de mí tan perdidamente, que por fin me he encontrado.

lunamáscara