REVOLUCIÓN UTERINA: Parirás con Poder (ÚteroPower mode ON)

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NOTA PREVIA: Las historias aquí relatadas son ficticias (o no), están hilvanadas, en parte con datos inventados y en parte pienso que son retazos que quedaron en mi memoria, con los relatos que muchas mujeres han tenido la generosidad de compartir conmigo. Pero en ningún momento ha sido esa mi pretensión, sino simplemente ilustrar con unos ejemplos en principio falsos, este artículo. No me responsabilizo, por ello, de su veracidad. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia… o no… Las expresiones puestas en boca de personal sanitario sí que he intentado que sean lo más fiables posibles a la realidad, para que nadie me tache de exagerada o alarmista. Cualquiera de ellas podría haber sido mi historia, o la de cualquier mujer. He intentado con ellas hermanarme algo más con todas las mujeres, hayan tenido el parto que hayan tenido, por opción o por imposición.

A. es primeriza, tiene 31 años y una salud excelente. Su embarazo ha sido planificado y esperado, tiene pareja estable y una familia que le quiere y que espera ansiosa a su nieta. Cuando tiene 14 semanas le diagnostican diabetes gestacional (el cribado en su comunidad autónoma se hace pronto), es derivada al endocrino y éste le suelta una charla sobre lo peligroso que es sobrecargar el páncreas de su bebé y la posibilidad de que tenga un bebé de más de 4 kilos. A. se asusta y, acatando fielmente las instrucciones médicas, se pasa medio embarazo pesando hidratos, controlando ingestas y yéndose a caminar después de cada comida. A. se extraña, ya que apenas ha cogido peso en el embarazo y en su familia no hay antecedentes de diabetes ni de bebés grandes. Cuando llega a las 32 semanas, en un control ecográfico, el ginecólogo le alarma diciéndole que su bebé es pequeño y que tiene que aumentar la ingesta y reposar tras las comidas. A. está hecha un lío, no entiende nada, ha perdido toda su confianza en su cuerpo y su útero, su diafragma está tenso y su respiración, se acelera cada vez que piensa en la salud de su bebé. A. va a parir al hospital y aunque todo parece comenzar bien, no termina de dilatar del todo y se lleva el “paquete regalo” de oxitocina, epidural, Kristeller y fórceps. Su bebé pesa 3,100 kg. A. sólo puede agradecer a la medicina que su bebé esté sano y finalmente con ella; el estado de su periné (que le cuesta más de 1 año de relaciones dolorosas) o de su mermada autoestima le da igual. Por fin están juntos y lo puede abrazar.

S. tiene 43 años cuando logra su primer embarazo. A pesar de tener un embarazo de riesgo, y ser considerada como una embarazada “añosa”, lleva su embarazo con alegría, ignorando las miradas algo desconfiadas que le dirigen cada vez que va a un control y manifiesta su deseo de tener un parto natural. Llega el día del parto y al llegar al hospital S. cierra los ojos y se mete en su planeta parto. Respira para conectarse con su bebé. Tiene suerte de dar con un matrón que no la molesta con preguntas porque conoce las estrategias de parto no intervencionista y porque tiene actualizados los conocimientos. Tiene suerte… S. logra un parto vaginal, satisfactorio, un inicio de lactancia precoz, no la separan de su bebé y sigue con la lactancia más allá de los dos años. Ahora sonríe al pensar en quienes se reían cuando ella hablaba de parto natural y lactancia a los 43 años… “Añosa”, ella…

M. está embarazada de su tercer hijo. En su primer embarazo, el ginecólogo le dijo que nada más entrar por la puerta, ya había visto que era de caderas estrechas. M., apabullada por el poder de la bata blanca, crea su propia profecía autocumplida y acaba con una cesárea programada. Cuando mira a ese bebé acostado en la cuna metálica, no lo siente como hijo suyo, intenta lactar pero le duele horrores y piensa que no tiene suficiente leche. Tira la toalla y le da el biberón a su niño. M. cae en una depresión postparto que nadie entiende, ya que su bebé está sano y ella también, y además todo el mundo dice que es precioso. M. es una mujer fuerte y se recupera como sabe y puede. Al cabo de un año, M. lee, se informa, busca en internet y se da cuenta de todo lo que le ha pasado, y las razones de ello. M. se vuelve a quedar embarazada, pero esta vez todo será diferente. Tiene un embarazo relativamente sano, con algunas molestias, pero cada vez que va a un control y escucha la palabra “cesárea” en su historial obstétrico, se le hace un nudo en la garganta. El día que se pone de parto el pánico se apodera de ella… ¿podrá parir? Hubiera querido esperarse más en casa, pero el miedo gana y se planta en el hospital. Aunque cree que está bastante dilatada, la matrona que la reconoce le dice: “Huyyy qué va, qué va hija, sí sólo tienes un centímetro… Te queda mucho, pero que mucho… ¿Y ya te estás quejando? Anda, qué vas a dejar para después…”. M. se derrumba. Como ha roto bolsa, tras 12 horas de parto y dilatar “sólo” 4 cm, le avisan del supuesto riesgo de rotura uterina por cesárea anterior. Así que le ofrecen una nueva cesárea y ella acepta, pero M. pone sus condiciones: piel con piel, lactancia en quirófano si la niña está bien, no separación… La ginecóloga y el pediatra que la atienden están sensibilizadas y aceptan, y a pesar de la cesárea todo sale como M. quiere… todo… menos la cesárea, claro está. Pero consigue disfrutar bastante de la lactancia. M. no quiere más embarazos, se queda con esa espinita clavada, pero se resigna. Pero un día, un par de años más tarde, M. se queda embarazada “por sorpresa”. Tras el shock y el pánico inicial ante una nueva cesárea, convence con mucho esfuerzo a su marido, y sin decirle nada al resto de su familia, planea su parto en casa, o al menos la dilatación. Nueve meses más tarde, M. tiene en casa su PVD2C… Aún no se lo cree… Pero ha sucedido…

Historias para no dormir… o para soñar… La cuestión es que, las historias de embarazo y parto de muchas mujeres son historias de poder… poder arrebatado, en algunos casos.

No pretendo menospreciar a las mujeres que hayan tenido una cesárea, un parto medicalizado o un parto de cualquier tipo. Este blog no va de eso. Ese no es mi caballo de batalla. Cualquier mujer, cualquier madre, me suele despertar empatía, y ganas de escucharla y de compartir su sabiduría.

De lo que hablo es de recuperar el poder que nos ha sido robado por el patriarcado. Y digo patriarcado, no digo hombres, ya que en este sistema, todos somos víctimas, nosotras como supuestas productoras alienadas de guerreros descerebrados, y vosotros como los supuestos guerreros/obreros en sí.

El poder asusta. La conciencia asusta. A veces, hasta la información asusta. Una mujer de parto lleva en sus caderas toda la fuerza de millones de años de vida. Algo de sabiduría y memoria celular debe haber ahí, digo yo. Algo más que no se quite de un plumazo con un par de cientos de años de parto intervenido. Si una se conecta consigo misma, puede sentir el torrente de poder dentro de su cuerpo. Y no hablo ya de parir sólo, hablo también de gozar con tus relaciones, de disfrutar de tu cuerpo… Eso si una consigue conectarse con ese poder, claro está. Si encuentra el apoyo necesario. Si no le es vetado todo el rato. Si no la reprimen. Si no la convencen de lo contrario. Y si ella quiere tomar posesión de ese poder, por supuesto. Ello conlleva un dominio interno de cada momento de tu vida sexual, parto incluido. Ello conlleva responsabilidad… Pero con el placer de tener tu propio control, tu propio poder sobre ti misma y tus actos.

Es difícil, claro está. Es una labor casi titánica. Llevan siglos convenciéndonos de lo contrario.

Pero algo está cambiando. Es la Revolución Uterina. La mayor revolución jamás gestada, valga la redundancia, y la vamos a parir nosotras mismas.

Hace poco supe que la frase bíblica “Parirás con dolor” estaba mal traducida. La traducción más aproximada parece ser “Parirás con esfuerzo”. En ese momento todo me encajó.

Esfuerzo es Fuerza. Fuerza es Poder. Y eso, no conviene que se sepa.

Una mujer embarazada, al igual que una mujer de parto, debería ser tratada como una diosa. Una diosa puesto que porta la vida. Si ya hemos conseguido la parte más difícil, que es quedarnos embarazadas… ¿qué no seremos capaces de conseguir ahora? Debería ser venerada, mimada, cuidada, apoyada… Pero, ¿es así?

Por suerte la Revolución Uterina está en ciernes. Oigo su rumor en cada historia de parto empoderado que me cuentan (que, por cierto, cada vez son más). Y esta vez no nos va a salvar ningún príncipe azul. Nos salvaremos nosotras mismas, recuperando lo que es más genuinamente nuestro: nuestro útero, nuestro cuerpo, nuestro parto.

Y nadie puede detener el poder de la vida cuando se abre camino entre nuestras piernas.

Una mujer, una diosa
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Acerca de deluteroatusbrazos

Soy Mely, mamá de Dafne e Indira. He comprobado por mí misma que el cuerpo de una mujer tiene el poder y la sabiduría para parir por sí misma. Este blog nace con el deseo de apoyar el embarazo consciente, la lactancia materna y la crianza en brazos con portabebés o sin ellos. Me gustaría que algún día todas las mujeres dijéramos que hemos tenido el parto que queríamos tener, es por ello que mi intención es informar y apoyar desde el rigor científico, el calor humano y el respeto. Espero que os guste este blog y aportar con él mi granito de arena para una sociedad menos violente desde un nacimiento más tranquilo y pacífico.

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